domingo, 12 de febrero de 2012

Ajedrez - Jorge Luís Borges

I
En su grave rincón, los jugadores
rigen las lentas piezas. El tablero
los demora hasta el alba en su severo
ámbito en que se odian dos colores.

Adentro irradian mágicos rigores
las formas: torre homérica, ligero
caballo, armada reina, rey postrero,
oblicuo alfil y peones agresores.

Cuando los jugadores se hayan ido,
cuando el tiempo los haya consumido,
ciertamente no habrá cesado el rito.

En el Oriente se encendió esta guerra
cuyo anfiteatro es hoy toda la tierra.
Como el otro, este juego es infinito.

II
Tenue rey, sesgo alfil, encarnizada
reina, torre directa y peón ladino
sobre lo negro y blanco del camino
buscan y libran su batalla armada.

No saben que la mano señalada
del jugador gobierna su destino,
no saben que un rigor adamantino
sujeta su albedrío y su jornada.

También el jugador es prisionero
(la sentencia es de Omar) de otro tablero
de negras noches y blancos días.

Dios mueve al jugador, y éste, la pieza.
¿Qué Dios detrás de Dios la trama empieza
de polvo y tiempo y sueño y agonías?


domingo, 28 de agosto de 2011

Un presidente apátrida

Y no un presidente cualquiera, ¡el mejor de todos los que hemos tenido!

 “Las compañías extranjeras, fuertes empresas establecidas sobre contratos ventajosos, ejercen en Colombia una influencia desproporcionada en la economía nacional. Sus sistemas de explotación se caracterizan por la magnitud del capital que las respalda en el exterior, por la presión que suelen hacer sobre los organismos públicos y privados cuando encuentran alguna resistencia a su expansión, por el rendimiento medio que dan al fisco en relación con sus ganancias, cuando le dan alguno, y por la multiplicidad de privilegios que aseguran a los concesionarios”. Alfonso López Pumarejo, ¡1935!

viernes, 26 de agosto de 2011

¡Acepto los cargos! (Por Piedad Córdoba)

Antes de irse a cumplir funciones burocráticas en México, el señor José Gabriel Ortíz Robledo reabrió un programa de entrevistas que, salvo por su inocultable estilo cachaco, es una fiel copia de uno norteamericano. Para reinaugurar el programa, José Gabriel empezó pisando fuerte e invitó al entonces presidente Álvaro Uribe. Entre chiste y chanza el invitado de honor habló de todo un poquito y en algún momento recordaba los desagradables días en los que fue atacado por la otrora famosa gripe porcina. El malestar del primer mandatario habría podido parecer indescriptible de no ser por la muestra delatora de desespero que se le escapó en aquella entrevista: el abanderado de la Seguridad Democrática pensó, incluso, en pedir que le comunicaran conmigo. Quería “pedirle perdón a la Senadora Piedad Córdoba”. Si, perdón. Sí, a mí. Sí, el entonces presidente.
Una semana después, fui invitada al mismo programa en el que el buen anfitrión indagó sobre mi opinión acerca del particular evento. Sin ninguna duda y con poca vacilación respondí casi inmediatamente que no había nada que perdonar, nada. Hoy, después de que se ha descubierto que gran parte de las cosas que denuncié; hoy que se ha destapado una parte (pequeña) del gran complot que hay en mi contra; hoy que se sabe que los medios de comunicación contribuyeron en una campaña de desprestigio contra mí; hoy que sabemos que mis declaraciones no representaron ninguna exageración... hoy sigo diciendo que no hay nada por perdonar. No porque no haya existido agravio alguno en mi contra, sino porque, pese a que los hubo incontables e indecibles, creo, como dice Spinoza, que “quien se arrepiente es dos veces miserable”.
A quien es consecuente y coherente no se le pasa por la cabeza el arrepentimiento. Por eso, no dejo de esforzarme día a día por intentar conservar ambas virtudes -tan valiosas como ninguna- sino además la verticalidad en cada uno de los actos de mi vida, por más mínimos que parezcan. Evidentemente eso tiene un gran costo y sí que lo he tenido que pagar. Para la muestra un botón ¡y qué botón!: Hoy me encuentro fuera de mi país por amenazas contra mi vida, he soportado lo indescriptible y la persecución aún no cesa.
De cualquier modo, puedo decir con la tranquilidad que otros llaman cinismo que, como dice aquella canción de Edith Piaf: “No, nada de nada. No, no me arrepiento de nada” y que si se me acusa de pensar diferente, de tratar ser consecuente y coherente, entonces... ¡acepto los cargos!

Por: Piedad Córdoba Ruiz

Jacque Talks



miércoles, 24 de agosto de 2011

Los niños y la guerra

Ella tiene tres años. Me dijo "¿por qué hay guerra en Colombia?". Le iba a responder cuando ella misma dio en el blanco "ya sé, es que mira. Un día vino a Colombia Cristóbal Colón. Él le quería quitar todo el oro a los indiecitos, entonces los indiecitos querían proteger a los niños y así se formó la guerrilla".
Solamente tiene tres años. Como colombiana, sabe que la guerrilla tiene un origen, y que ese origen que plantea no es muy distinto al real, al histórico. 
Sus papás no militan en la izquierda. Sus abuelos son del Opus Dei, votantes del expresidente Uribe incluso para la gobernación de Antioquia. Se le prohibe ver noticieros, telenovelas, cosas para adultos.
Primero, ¿cómo una niña de esa edad ya tiene conciencia de que hay un conflicto? 
No vamos a salir aquí con esa tontería de que los niños y los borrachos siempre dicen la verdad, porque no es cierto. Los niños y los borrachos también mienten, al igual que los locos. Casi en secreto, susurrando, esa niña pronuncia los nombres Tirofijo, Mono Jojoy, Raúl Reyes. Luego, como si fuera algo confidencial, le cuenta a uno: se murieron. 
Segundo, ¿se le puede considerar terrorista, apátrida, cobradora de secuestros, de masacres?
Tercero, ¿no es ya hora de que nuestros niños tengan otras inquietudes, de que a esa edad no los asedie la pregunta de por qué hay una guerra en Colombia? Los niños son gente curiosa que quieren saber el porqué de todo, es decir, de las cosas que los rodean. 
Le pregunté, entonces: si yo tengo una pelea con mi hermanita, ¿la mato, le pego o le cuento a mi mamá? Sin pensarlo, me respondió: uno no puede matar a las personas, sólo a los animalitos, menos a los perritos y  a los gaticos. Entonces ¿le digo a mi mamá? Pues claro, porque tampoco le vas a pegar, te castigan. 
Ya no quise ahondar. Aquí no hay justicia para las víctimas de familiares asesinados, menos van a castigar a los que le pegan a otro. 
No pretendemos, ni mucho menos, plantear que debemos abarcar el conflicto con la visión de esta niña. Sí queremos, porque nos parece importante, ver cómo hasta los más pequeños perciben lo que pasa en el país. 

sábado, 20 de agosto de 2011

Exilio y degradación

Como jóvenes que promovemos la paz y la salida dialogada al conflicto nos queda difícil entender ciertas cosas. ¿Por qué reconocer que hay un conflicto armado es razón para amenazar de muerte a alguien? ¿por qué abogar por la salida dialogada y no armada es válido para que alguien tenga que abandonar su patria, amedrentado?
Es frustrante y doloroso saber que quien nos representa, Piedad Córdoba, haya tenido que irse de Colombia por sus posturas ideológicas. Posturas que van desde lo físico hasta lo espiritual, valga decir. Posturas inamovibles que, por desgracia, y nos duele, no caben en un país carcomido por el odio y sus fanatismos patrióticos. Valga decir, entonces, que la patria no es otra cosa que una quimera ideológica representada por un fantoche que se pone la mano en el corazón cada vez que cantan el himno nacional. En Colombia, desgraciadamente, el nacionalismo no es otra cosa que el más asqueroso uribismo.
Ya nos quedó claro. Para ese estado de opinión no son válidos los matrimonios homosexuales, y, si fuera por ellos, tampoco sería válido que los negros tuvieran derechos.
Entendimos que, como las yucas, Piedad vale más enterrada que viva, según manifestó ese estado de opinión en Twitter, como que también sus hijos andan en el extranjero gozando de dádivas y becas que envidiaría cualquier colombiano.
Con Cuadernos, sin embargo, esperamos cambiar esas perspectivas. Para nosotros no es motivo de alegría que alguien tenga que abandonar el país por amenazas, y mucho menos por plantear salidas distintas a este conflicto armado que viene desangrándonos desde hace más de cincuenta años. No concebimos, bajo ninguna circunstancia,  que familiares y amigos de personas disidentes al gobierno anterior hoy tengan que verse sometidas a la degradación del exilio, de la expatriación, de la indolencia de muchos colombianos que se burlan de las circunstancias de la todavía senadora Piedad Córdoba.
Deploramos las infames declaraciones del expresidente Uribe, quien goza de cierta popularidad en decadencia, la cual va cayendo como coco de palma. Él se aprovecha de esto para que existan amenazas como las que hoy enfrenta Piedad y que, por fortuna, van perdiendo credibilidad entre electores y simpatizantes.
Estamos completamente confiados en que el nombre y la honra de nuestra senadora, que no ha sido destituida por el pueblo, serán restituidos, a la vez que su integridad física y moral, como las de sus hijos.
No siendo más, nos queda la opción de manifestar la profunda frustración que nos causa el no poder hacer nada más que escribir estas líneas y decirle a Piedad cuánto la queremos, la admiramos, la respetamos y la respaldamos. Que llegará el día en que todo esto se revierta y que, quienes tengan que abandonar el país por pensar distinto a ella, serán protegidos por un mandato justo y pluralista que acoja todo tipo de pensamiento e ideología, sin importar cuánto daño llegue a hacerle a la patria.
Piedad, sepa que usted no está sola, que somos decenas de miles de jóvenes que contamos con su apoyo y su protección.

Miembros de Cuadernos de la paz-